¡Te fuiste de viaje y quieres compartir tu experiencia!

Para nosotros es muy importante poder crear un espacio en donde las personas puedan compartir, a través de una narrativa o un texto, algunas de sus experiencias de viaje con la cual el lector pueda sentir esa aventura con ustedes. Con esto, pretendemos también, enriquecer nuestro conocimiento por diferentes caminos del mundo y crear una cultura más rica a través de su diversidad y tradición.

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WALKABOUT TOURS

 

LIVE THE ADVENTURE & LOVE THE JOURNEY

Fragancias de la tierra.

Ya entrada la tarde la fuerte lluvia nos sorprendió y a más de uno hizo correr por entre las empedradas calles del pueblo. El cielo se tornaba cada vez más gris mientras la densa niebla se posaba místicamente sobre la cima de las montañas cubriendo todo el rededor de la bahía. La lluvia, sin esperar más, ya hacía sonar sus armoniosas coplas entre truenos y ráfagas de viento dejando caer con toda su fuerza grandes gotas que a cantaros se precipitaban rápidamente sin cesar, fuerte y rápido, como queriendo ser las primeras en mezclarse con la tierra y poder deleitarse de esa insuperable sensación que desprende todos los aromas de tan singular comunión.
Termine algunas de mis cotidianas tareas y me dispuse a ir a la terraza para mojarme con aquella abundante y fresca lluvia que ya nos bañaba juguetonamente a mis cultivos y a mí. ¡Vaya! Que sensación tan fantástica, aquella de mojar el alma cual arboleda en la colina. Creo que hasta en flor me convertí en aquellos instantes. Que sensación tan magnifica la de ser bañada por la vida y más allá de entender el porqué, percibir toda la belleza natural sobre mi piel y sentir como brota energía divina bajo este baño caído del cielo.
Después de un rato, me aliste para ir a entregar las conservas que había yo elaborado y con las cuales prepararían unas deliciosas bebidas en el famoso bar de mi pueblo. De repente, ya de camino para ver a mis amigos, desvié mi mirar sobre de mi hombro derecho y al ver aquel burrito de madera sobre la entrada de un restaurant junto al mar el aroma a tierra húmeda en un súbito instante invadió completamente mis sentidos como haciéndonos uno solo, la naturaleza, la vida y yo. Entonces todo parecía tener tonos más verdes, más vivos, más frescos e incontables palmeras iban apareciendo ante mi camino y junto a ellas se levantaban algunas pequeñas e incompletas barricadas hechas de viejas maderas ya bañadas, por el tiempo, de mil aromas. Sin pensarlo, hice mi caminar más lento para darle tiempo a mi mente de dibujar un sendero de arena y con ello desvanecer la fría banqueta por la cual caminaba y de repente, ahí estaba, parecía como si estuviera entre las rústicas calles de Costa Rica. Brechas de tierra húmeda y suave arena, senderos llenos de verdor que por los aires dispersan aromas frutales cual frescas y dulces fragancias a tuti-fruti. Sin trabajo alguno, me dejaban ver como mi madre selva ya se tornaba en todo un arte con incontables tonalidades y verde armonía. Por los ríos, emanaban aguas color canela revolviendo vida nueva con los caminos de invierno que ya aguardaban ansiosos su llegada y aquel repentino sonar de las pigmentadas rocas que vienen bajando estremecían todo mi ser al escuchar los estruendos que la mar va avivando mientras arrastrándolas en cada vaivén las guarece hasta la orilla de la playa en donde las deja descansar por lo menos un momento, hasta la siguiente ola que mostrara su poderío al hacerlas cantar una vez más.
Calles llenas de sabor a tierra por donde mis pies descalzos pueden sentir la vívida y natural planicie que recorren a cada momento mientras mi ser se baña y se deleita con los aromas que la vida misma nos proporciona. Tierra húmeda que nos traslada al lugar más exquisito que podamos imaginar. Sentir es encontrarnos con todos los sentidos al saber ver, tocar, escuchar, oler, probar los aromas y mil sabores que provoca impregnar el alma a los que cada quien le pondremos nuestro inigualable sazón con lo que nos permitirá percibir las fragancias de nuestra tierra.

Claudia Leño
Junio 2018

La infancia que no vemos.
Claudia Leño.

A veces, la temprana aventura por la vida tiene otra mirada, otro sentido o quizá otro “no sentido” que hace que nuestro corazón se volquee en una esfera de valoración y con más sentido humano. Aun ahora, mientras capturo en estas líneas mi sentir de aquella calurosa tarde, me persigue la mirada tan desolada e inocente de aquellos pequeños niños que vivían, durante la temporada de recolecta, en los grandes y verdes cultivos de chile serrano.
Era imposible no observar a todos aquellos chiquillos dispersos a través de aquel campo abierto, ese “hermoso campo de cultivo” que te estremecía hasta el aliento al escuchar aquellos fuertes llantos, al ver a los niños sentados en la tierra con algunos harapos que apenas alcanzaban a cubrir sus frágiles y pequeños cuerpos, otros columpiando sus escasas sonrisas en una hamaca roída y deslavada por el sol mientras que a los más pequeños los tenían dentro de una de las rotas y sucias cajas de carga de aquellas viejas y oxidadas camionetas que permanecían varadas entre las orillas de los sembradíos. A los más grandecitos, dos de ellos con no más de 6 o 7 años de edad, se les adjudicaba el rol de tener el mando y someter a los más pequeños con “juegos” violentos y ventajosos en un intento de controlar sus comportamientos y “mantener el orden”.
Dentro de ese gran y productivo espacio que debería de representar esperanza y alimento solo vive el triste reflejo de su realidad. Un ambiguo despertar de cada día que pasaran ahí mientras las cosechas son levantadas y distribuidas al sur del país durante los siguientes meses. No sé a ciencia cierta cuanto tiempo sea, pero qué más da, dos, tres, cuatro, los meses que fueran parecen toda una eternidad en donde el tiempo parece no avanzar pero si deja una mella áspera es esos pequeños corazones que van creciendo en un desamparo sin sentido.
Con mi alma y mi corazón en un asombro absoluto Antonio, un extraordinario chico italiano de 25 años quien me adopto como su mamá, Fátima y yo avanzábamos lentamente entre aquellos senderos del campo de cultivo, para poder terminar el reportaje que estábamos realizando sobre las necesidades de aquella comunidad. Nuestras miradas se cruzaban repetidamente
con desconcierto como queriendo encontrar un “por qué” ante lo que presenciábamos. No podíamos entender la razón de ser de lo que percibíamos en aquel lugar. Lo verde de los campos ya no se sentía tan verde, la nutrida tierra no parecía apta para germinar hermandad, crecer así… no se sentía productivo.
Ni Antonio ni yo sabíamos si lo que realmente queríamos hacer era avanzar hacia donde estaban los padres de los pequeños en la recolecta los chiles o mejor aún, quedarnos junto a los pequeños y crear un espacio para que pudieran estar más a gusto y esperar a que la tarde callera para que sus padres llegaran por ellos. Nuestras miradas lo decían todo y nos detuvimos con aquellos niños en un intento de acercarnos y crear algo y jugar con ellos. Sin embargo, bastaron algunos cuantos segundos para que los capataces del lugar nos dieran a entender que teníamos que seguir avanzando, que no podíamos convivir con los niños por cuestiones culturales y que estábamos ahí para hacer el reportaje.
Un suspiro al aire nos dejaba con el alma pendiendo de un hilo y solo la sonrisa que les podíamos brindar a los pequeños nos permitía expresar con cariño… “aquí estamos con ustedes”.
Nos parecía injusto, inaceptable, cobarde, desolado y tan alarmantemente deshumanizante. Tantas cosas que pasaban por nuestra mente nos dejaban fríos, tan fríos que ni aquel agobiante calor de la tarde era perceptible en aquel momento de cruzár los surcos que nos llevaban a los cultivos. No podíamos hablar y el brillo de nuestros ojos era eminente y vergonzoso.
De repente, un niño de 8 años con el ceño bien definido, con su codo recargado sobre aquél camión de redilas y su sombrero enmarcando su puesto nos dijo:
-“buenas tardes señores!”
Antonio respondió de inmediato con una sonrisa y con su acento italiano le dibujo una sonrisa de oreja a oreja al pequeño.
Buenas tardes! Cómo te llamas? Le pregunte.
-Me llamo Diego.
Antonio pregunto: Trabajas aquí?
Diego con mucho orgullo y todo el porte de mando le dijo:
-Si señor, aquí trabajo con mi papá.
Nos dirigimos a Diego como si fuéramos a ser guiados por el durante las entrevistas y con gran seriedad y firmeza nos dijo:
-“este es el cultivo del chile serrano de esta comunidad, pasen con cuidado y si los recolectores los dejan tomar fotos y hablar con ellos está bien pero si no, tendrán que tomar solo fotos de los cultivos.”
Podemos tomarte una foto a tí? Le pregunte.
Solo acento con su cabeza como diciendo… sí y después de pedirle una gran sonrisa para la foto, nos adentramos en uno de los surcos en donde se llevaba a cabo una de las recolectas.
Ante nosotros aparecía una familia, papá, mamá y sus dos pequeños hijos, quienes recolectaban chiles en unos botes de plástico los cuales conforme se iban llenando los iban vaciando en los costales de malla para luego ser apilados en los camiones de redilas.
El padre de familia aceptó ser entrevistado y nos permitió tomar algunas fotos. Vaya momento aquel en donde ni las condiciones climáticas nos calaban tanto como las miradas que teníamos ante nosotros. Se nos quebraba la voz al preguntar sobre su familia, su trabajo y sus orígenes, sobre su modo de vida por mencionar algunas de las cosas.
En un intento de tener la vivencia lo más pura y franca posible dirigíamos la charla de una forma muy casual en donde nos comentaban que venían de una región baja del estado de Guerrero para poder trabajar en las temporadas de cultivo y que su creencia o “cultura” permite que todos los miembros de la familia trabajen para ganar más dinero cada día.
La esposa y los niños solo hablaban en su dialecto y eran muy celosos de sus creencias y no respondían a todas las preguntas lo cual decidimos respetar. Era increíble cómo nos respondían solo con una sonrisa a modo de respeto. Su gran actitud ante su trabajo nos asombraba ya que aún dentro de lo duro de la experiencia ellos sonreían mientras recolectaban la cosecha, una cosecha que nosotros en casa disfrutamos a menudo. Para ellos este trabajo representa su sustento y su esperanza, cualquiera que esta sea.


Agradecidos infinitamente por su tiempo, sus sonrisas y su invaluable labor dimos las gracias y empezamos a regresar hacia el auto con varios lapsos de silencio entre nosotros, entre miradas que solo podían expresar el gran desacuerdo que sentíamos en esos momentos. Yo no sabía como ver lo que pasaba, o pretender que no podía hacer nada o, seguir nuestro camino sabiendo que teníamos más cosas por hacer y dirigirnos ahora a la cosecha de jitomates.
Ya de camino en el auto Antonio y yo no pudimos evitar el comentar con los delegados de la comunidad, entre tantas cosas que nos indignaban, el que por que los niños no estaban con mejores cuidados, con mejores ropas, en la escuela o con alguien que los cuidara. Preguntábamos que necesitaban para intentar facilitárselos de inmediato y procurarles lo indispensable.
-Traigo una casa de campaña en el auto y ropa que voy a donar le dije al delegado.
A lo que uno de ellos respondió:
– Aquí la comunidad ha intentado apoyar en todo. El presidente municipal y su esposa les conseguían lugares para dormir en las casas, les juntaron ropa, alimentos y hasta algunos juguetes que los niños de la comunidad donaron. La maestra vino y les dijo que por las mañanas llevaran a los niños a la escuela para que estuvieran en clase mientras los padres trabajaban y así aprendieran mientras convivían con los niños del pueblo pero no nos dejaron ayudarles en nada. Para ellos, dijo el capataz, es una ofensa recibir algo que ellos no hayan ganado con su trabajo.
Antonio y Yo nos quedamos mudos y solo veíamos a los niños irse quedando atrás mientras avanzábamos hacia nuestro nuevo destino. Fátima, en un intento de dibujarnos un mejor semblante nos comentó que para ellos como comunidad también es difícil verlos así pero que es esa su forma de vida y no han podido hacer mucho por mejorar algunas condiciones para los recolectores y sus familias.
No entendía sus creencias, su modo de pensar no tenía sentido para mí y era duro ver a esos pequeños en tal situación.
Me tomó un poco de tiempo asimilar que lo que para mí era una necesidad o una prioridad para ellos era algo que no cambiaba su realidad de subsistir. Física o materialmente yo no podía hacer nada, ellos no solo no lo querían sino estaban convencidos de no necesitarlo. Para cuando cayó la noche Antonio y yo nos disponíamos a cenar en el campamento en donde nos quedábamos en esa comunidad a la cual amamos tanto y con esas imágenes aun en nuestras almas le dije a mi hijo:
-Sabes Tony, empiezo a entender que mis necesidades, educación, cultura, vestimenta y todo lo demás no son las mismas que ellos tienen, o que otros tienen, y que no por eso tiene que estar mal. Entre todo lo que hemos visto aquí, quizá la única y mejor forma de apoyarlos sea apreciando lo que cada chile serrano vale en verdad y no solo dar por hecho que lo tenemos a la mano o que es tan solo un pequeño pedazo de verdura. Al fin y al cabo es ese “pequeño” chile el que le da el verdadero sabor a nuestros platillos y nos deleita al paladar en muchos países alrededor del mundo. Ese esa pequeña verdura la que nos hace brincar cuando nos enchilamos, nos hace decir picantes groserías, nos hace sudar y a veces hasta bailar. Un chile es capaz de hacernos hasta llorar… por seguir poniéndole sabor a nuestros tacos!
Ahora ya en casa mientras comparto mi experiencia con ustedes, espero que el sabor de este reportaje nos deje una picante chispa por una feliz infancia y con un buen sazón por una vida con plenitud porque solo captando la vivencia misma de la realidad en la cual nos desenvolvemos nos permitirá acercarnos con más verdad a nuestro propósito de poder ayudar a las personas en cualquier comunidad. Con el alma en pie y sanos propósitos, cada una de las causas irán tomando forma con sentido y un buen e invaluable porvenir será no solo posible sino también palpable para todos.
Mis últimas líneas de esta magnífica experiencia, mientras mi recuerdo trae a mi aquellas incontables y deslumbrantes estrellas que mágicamente van apareciendo en el firmamento y cada una, poco a poco, van alumbrando el campamento conforme la velada va entrando, serán de gratitud a Tony por sumarse a mis propósitos de voluntariado y poder vincular nuestros proyectos sin fronteras ni distancias de por medio, por ser mi fuerza y voz en este increíble reportaje tan lleno de vida diaria. Con esto estamos listos y preparados para abrir horizontes de esperanza y tener un mundo más humano